A lo largo de los siglos, México siempre ha mostrado un enorme potencial. Su posición geográfica es envidiable y estratégicamente vital. Es un puente entre el Norte y el Sur, así como un cruce de caminos entre Occidente y Oriente. Podríamos decir que es el Medio Oriente de América. Fue Hernán Cortés el primero en darse cuenta de esto, sin embargo su fascinación por este lugar nunca fue vista con buenos ojos por la Corona española para quien los nuevos territorios de las Indias Occidentales, no significaban otra cosa mas que una fuente casi ilimitada de oro, plata y materias primas. Así, aunque la Nueva España era la joya de la corona del Imperio Español, su desarrollo colonial siempre se vio bloqueado por la metrópolis que no buscaba competidores, sino monopolios y súbditos. Esta visión más medieval que moderna, terminaría por costarle muy caro a España.
Durante el siglo XIX, una vez conseguida la Independencia, México se topó con nuevos obstáculos que nunca le permitieron desarrollar su gran potencial. Cuando no era la deuda externa, eran las invasiones extranjeras, la Doctrina Monroe, la pérdida del territorio o las interminables luchas internas por el poder. Cuando el país avanzaba política y socialmente, como durante la Reforma, se estancaba económicamente y se desangraba en absurdas guerras internas. Cuando el país avanzaba económicamente, como durante el Porfiriato, la libertad y la democracia desaparecían completamente. Entonces llegó la esperanza de mano de la Revolución, aunque muy pronto se mostró como un verdadero y caótico desastre humanitario, sin ideales ni principios que la sustentaran.
Tras casi 20 años de guerra revolucionaria, Lázaro Cárdenas terminaría por construir el México moderno sobre una telaraña de alianzas, compadrazgos y cacicazgos, sostenidos por una frágil repartición de poderes y beneficios en la que a todos les tocaba un pedacito del rico pastel que es este país. La idealización de la Revolución sería el primer gran esfuerzo del nuevo sistema, apoyándose en los muralistas y los intelectuales de la época, se nos vendieron grandes lemas y héroes que nos llenaran de orgullo. Así nació el héroe Zapata y su cuasi mítico “Tierra y Libertad”. Pero nuestra revolución, fue así, con minúscula. No hubo un líder como Lenin en la Rusa, ni ideales como los de libertad, igualdad y fraternidad de la Francesa. Fue tan sólo una más de nuestras guerras fratricidas y, al final, ganó el que mató a todos los demás. El más fuerte; o el más astuto; o el más traidor. Y la prueba está en el sistema que produjo, donde la única constante ha sido la corrupción.
Así, el siglo XX tampoco vería a México despegar. A pesar del “milagro mexicano” y de que Salinas nos llegó a meter al primer mundo por unos cuantos e ilusorios meses. O al menos eso nos hizo creer… Sin embargo, terminamos el siglo como lo habíamos empezado, con un ejército zapatista haciéndole la guerra al Estado mexicano. Más de ocho décadas después, el subcomandante Marcos exigía exactamente lo mismo que Emiliano Zapata había exigido durante la revolución. Qué mejor definición de un siglo perdido que ésa…
Y entonces llegó la democracia. Con el nuevo milenio, México parecía que por primera vez sería capaz de avanzar tanto en el campo socio-político, como en el económico. La alternancia en el poder se unía al neoliberalismo económico para darle forma a un proyecto de nación estructurado a imagen y semejanza de las grandes democracias liberales occidentales. Pero una vez más, el potencial no se concretó, descubrimos que la democracia implica mucho más que simple alternancia y, el obstruccionismo partidista en el Congreso, primero, así como la guerra contra el narco, después, nos volvieron una vez más a nuestra realidad subdesarrollada.
Hoy en día no faltan los que nos vuelven a vender la idea de que México es el país del mañana. Las reformas estructurales, principalmente la energética y la educativa, se han convertido en la nueva panacea que nos llevará al tan deseado Primer Mundo. Los medios extranjeros, ansiosos como estaban por una tajada del petróleo mexicano, cambiaron de la noche a la mañana su conversación sobre México, y nuestro país dejó de ser un “Estado fallido” a causa del poder del narco, para convertirse en un país modelo en cuanto a políticas económicas. Hasta se acuñaron términos pegajosos tan característicos de los medios anglosajones como “Mexico’s Moment” o “Aztec Tiger”. Ayotzinapa y los escándalos de corrupción que salpicaron hasta al mismo Presidente Peña Nieto, nos recordaron una vez más cómo funcionan las cosas en el sistema revolucionario institucional.
Y así, México sigue siendo el país del mañana. No porque consideremos que nuestro país será una gran potencia en el futuro, como el título de este libro quizá sugiera. Sino porque, como cualquier extranjero que ha conocido la realidad mexicana de cerca podrá atestiguar, aquí la palabra “mañana” tiene un significado muy distinto que en otras partes del mundo. Ve a recoger tu coche al taller y tendrás un 50% de probabilidades que te digan que vuelvas “mañana”. Dirígete a cualquier oficina de gobierno y más de algún funcionario seguramente te dirá que el trámite que deseas se tiene que realizar “mañana”. Pregunta a tu carpintero cuándo quedará listo ese nuevo librero que le encargaste y ya le pagaste, y lo más seguro es que te diga que “mañana”. Mañana, mañana, mañana, todo se hace mañana y así, el potencial de este país también se deja para mañana.
Un alemán o un japonés no entienden que cuando un mexicano dice que algo estará listo mañana no se refiere al “tomorrow” inglés, sino a un momento indefinido en el futuro. Su realismo choca con nuestro surrealismo, o mejor, con nuestro realismo mágico. Este “mañana” mexicano no deja de tener cierta belleza en el mundo de Pedro Páramo y su Comala; un mundo donde la realidad es difusa y los muertos hablan y caminan. Realidad muy parecida a la mexicana donde los milagros aún son esperados, las apariciones aún son consideradas historia oficial y los chamanes aún realizan sus limpias. Pero por más cultural y antropológicamente fascinantes que sean estas características del mexicano, chocan con la realidad del mundo real, global, digital y postmoderno. El mundo del comercio transoceánico, del iPhone y del Facebook, de los antibióticos y las vacunas, de la energía nuclear y las armas de destrucción masiva, del internet de las cosas y las impresoras 3D. ¿Dónde cabe el “mañana” mexicano en este mundo basado y dominado por la ciencia y la tecnología? ¿Cómo podemos seguir creyendo en la aparición de un ser sobrenatural, si toda la ciencia física en la que nos apoyamos cada vez que usamos nuestro celular o nos subimos a un avión, nos demuestra una y otra vez que no hay cabida para algo así?
La realidad, es que el mañana nunca llegará mientras el mexicano no esté listo para él. Las guerras e invasiones, los sistemas corruptos y los políticos desleales, no son más que reflejos de nuestra propia visión del mundo. Son nuestras excusas para explicar por qué no hemos alcanzado el potencial que siempre ha estado ahí. El mañana llegará cuando el mexicano deje de vivir en el ayer. Lamentablemente, no parece que esto vaya a suceder pronto y, si no me cree, dése una vuelta por la villa, por el seguro social o por cualquier juzgado del país.