En Sol, desembocan tres grandes culturas: la polaca, la española y la mexicana. Y así, su historia brincará de uno a otro lado del Atlántico, varias veces. Pues la historia de Sol es rica y diversa. Es la historia de Polonia y su comunismo, de España y su guerra civil, de México y su revolución. Es la historia del siglo XX, de la Segunda Guerra Mundial y de la globalización. En ella se cuentan la caída del muro de Berlín, el exilio español en México y el movimiento de Solidaridad polaco. Todo esto sucedía en el mundo de los bisabuelos, los abuelos y los padres de Sol, mientras ellos vivían sus vidas y hacían sus planes; mientras ellos se enamoraban y se desengañaban, mientras estudiaban o trabajaban, compraban casas o pagaban rentas. ¿Cómo ignorar tal riqueza? ¿Cómo olvidar tantas vidas?, ¿tantas experiencias?, ¿tanto conocimiento..?
El objetivo de este libro es evitar esa pérdida precisamente. Que no se pierda toda esa memoria, toda esa vida. Y así, quizá un día en el futuro, Sol tomará un libro lleno de polvo de alguna estantería y comenzará a leer la historia de sus ancestros. Y se enterará que hubo una vez una Lela valiente que cruzó el Océano Atlántico siendo aún una niña, para llevar a su primo a México y salvarlo de los horrores de la Guerra Civil Española. Que hubo un abuelo Put que peleó en la Segunda Guerra Mundial y defendió a su pueblo de la barbarie Nazi. Que hubo un bisabuelo Medardo que, siendo un señorito de buena cuna, perdió a su familia y su hacienda en la Revolución Mexicana y fue criado por quien antes había sido su criado. Que un día se hizo una película sobre la vida de la abuela Urszula y que la abuela Sol es la razón por la que ella recibió tan bello nombre.

“¿Cómo ignorar tal riqueza? ¿Cómo olvidar tantas vidas?, ¿tantas experiencias?, ¿tanto conocimiento..?“
Tantas y tantas historias, en tantos años de vida de tantas personas. Hay quien podría verlo como una carga, pero es en realidad una riqueza y una bendición, al mismo tiempo que un mensaje en una botella enviada al mar del futuro, como prueba de la existencia de toda esta gente maravillosa. Si acaso, este libro sea tan sólo eso. Una huella, una prueba de existencia, como aquél hombre antiguo hiciera pintando con ocre en esas cavernas milenarias. Sólo pintó unos mamuts y unos hombres con lanzas persiguiéndolo, pero eso fue suficiente para hacernos saber que existió.
Quisiera tomar una fotografía de la vida de todos nuestros ancestros y dejársela así a Sol y quizás a algún nieto anónimo del futuro. Pero ¿cómo tomarle una fotografía a la vida de las personas? Es imposible plasmar en una instantánea las relaciones del hombre, sus problemas, su grandeza, su codicia, sus miserias. ¿Cómo imprimir en una imagen el tiempo y las ideas? Se requiere de la limitación del lenguaje y su estructura, para ir desgranando la vida como a una cebolla, capa por capa, tratando de descubrir su secreto antes de llegar a la última capa. Así, las palabras nos sirven como la navaja que corta y desvela ese ardor que hace a los ojos llorar y que no es sino la vida misma, escondida ahí entre las capas, inasible y etérea.
Mas sin embargo, la vida no es algo que esté ahí para guardarse, no es algo que se pueda definir y agarrar para mostrar a alguien del futuro. La vida transcurre y se observa, la vida se vive y se refleja. Pero no se define. Si en lo que hago soy bueno, quizá se impregne algo de vida en las páginas siguientes, como el aroma de la madera se impregna en el vino que reposa en las barricas que lo guardan. La madera no se encuentra en el vino, pero éste mantiene algo de su esencia. Es lo único que puedo ofrecer, quisiera ser capaz de más, pero confío en que Sol sea más comprensiva que los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No te doy madera hija, pero sí su aroma; no te doy una foto, pero sí ardor en los ojos.